La música como herramienta terapéutica para personas con adicciones

Esa musiquita del alma

Desde una lectura meramente pagana ubicamos a la música como una disciplina de entretenimiento y distracción.
En los tiempos que corren la música se instala socialmente en el escalafón que le pertenece dándole así la importancia mínima e indispensable para depender de ella. Esto último, claramente, visto desde un punto de vista no musical, es decir, desde la arbitraria rutina de quien no se identifica vivencialmente con la expresión artística en su máximo esplendor.

El primer discurso que aparece ante la intervención musical como medio terapéutico es el de ‘yo no soy músico´, y partiendo de esta subjetividad se abren dos cuestiones: ser músico o ser la música. Una persona de edad moderada que nunca interpretó un instrumento musical o que nunca estudió el lenguaje de la música no tiene porque estar excluida de la misma. Resulta irrisorio pensar en no pertenecer a un movimiento que no es de nadie y que al mismo tiempo nos pertenece a todos y todas.

Desde el vamos estamos destinados a la música como una respuesta involuntaria de nuestras percepciones cognitivas: a partir de la semana quince de gestación estamos condicionados al sonido que percute del pulso cardíaco materno, el ritmo de respiración y los ruidos intestinales, mientras que la atmósfera amniótica transforma en vibración todo lo que sucede en el mundo. Así es como nos preparamos sensorialmente para salir a la vida: ritmo, melodía y armonía.

Ahora bien ¿qué tiene que ver esta introducción con el título del artículo? Todo, visto que somos inexorables entidades musicales desde nuestra creación y nos manejamos con todo lo que nos rodea desde lo rítmico-sonoro: la naturaleza, la festividad, las religiones, nuestros primeros pasos, la nostalgia, la angustia, la felicidad y los recuerdos.

Les propongo un ejercicio para solventar la teoría: busque la primera canción que recuerda haber escuchado. Si no tiene los medios tararéela. Es muy probable que esta canción o sonido particular que usted reciclo de su memoria lo lleve a algún lugar que le resulte familiar: el jardín de infante, un cumpleaños, vacaciones de verano o la primera vez que bailo un lento (esto último si nació antes de la década del 90’). También es probable que experimente alguna que otra nostalgia: un aroma placentero, la voz de sus abuelos, un viaje que había olvidado, etc. Hay un lugar entre el alma, la mente y el cuerpo donde sucede la música aunque no lo tengamos en cuenta. Donde coexiste la persona que fuimos, la que somos y la que llegaremos a ser.

La música como intervención terapéutica

Dicho todo esto vayamos a una interpretación técnica:

La música y sus elementos se utilizan, entre otras cosas, para promover y facilitar la comunicación, las relaciones, el aprendizaje, el movimiento y la expresión satisfaciendo necesidades mentales, físicas, emocionales, sociales y cognitivas de las personas.

Lejos de entablar una relación plenamente musical, el ejercicio de la música favorece a la comunión entre las personas. Se trata de un lenguaje universal donde las palabras aprendidas como tal y el significado que le damos a las mismas no entran en este plano. Dentro de esta comunicación aparece el aprendizaje de la importancia de escuchar y ser escuchado, compartir y respetar el espacio de otras personas. Las consignas a seguir son técnicas, pero detrás de esta dinámica se esconde el maravilloso don de ser uno con un otro. El abordaje de los distintos ritmos que adornan el mundo con sus etnias y costumbres enriquece la identificación personal y geográfica y al mismo tiempo ejercita las capacidades de tolerancia y empatía ante las distintas culturas que nos avecinan. El juego rítmico con el cuerpo como motor de percusión agiliza las motricidades y libera endorfinas en nuestro cerebro que actúa como neurotransmisores generando sensaciones de bienestar. Sentimos que somos parte de algo, que colaboramos con otro que al mismo tiempo forma parte de un todo. Somos tan indispensables como las personas que nos rodean y dependemos de ellas como ellas de nosotros. Una totalidad comunitaria jugando a comunicarse a través del arte, un arte que no identifica entre etnia, escala social, orientación política, sexual o religiosa. Una expresión cultural que lejos de marginar invita al baile inclusivo de todas esas personas que hoy día siguen sosteniendo que nos son músicos, sin saber que ellas, ellos, nosotras y nosotros... somos la música.

Profesor de Música

Gaspar Acttis

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